Hemos pasado de enseñar a las máquinas a escribir como humanos a enseñarles a disimular que son máquinas. Y creo que necesitamos una palabra para eso.
El otro día acuñé una palabra: desiar. O quizás ya se le había ocurrido a alguien más, pero no he encontrado evidencias. Y tampoco es lo importante ahora mismo.
No aparece en el diccionario de la Real Academia Española, al menos de momento, pero estoy convencido de que describe una actividad que cada vez practicamos más, aunque todavía no sepamos cómo llamarla.
Mi primera definición fue bastante sencilla:
desiar. tr. Modificar manualmente un texto, imagen, vídeo o documento generado mediante inteligencia artificial para que no parezca hecho por inteligencia artificial.
Se lo conté a algunas personas y enseguida surgió una pregunta que, reconozco, mejoró considerablemente el concepto:
«¿Y no se puede desiar con un agente de IA?».
Pues claro que sí. De hecho, podríamos crear una skill /desiar que se encargase precisamente de eso. Una inteligencia artificial dedicada a eliminar los rastros de otra inteligencia artificial.
¿Paradoja a la vista? Ahí fue cuando la tontería empezó a ponerse interesante.
El problema de escribir demasiado bien
Hace apenas unos años nos maravillábamos porque ChatGPT era capaz de redactar un correo electrónico, escribir un artículo o elaborar un informe con una coherencia que hasta entonces parecía reservada a los humanos.
Hoy, sin embargo, empezamos a reconocer sus costuras.
Hay textos que huelen a inteligencia artificial desde el primer párrafo. No porque estén mal escritos, sino porque están sospechosamente bien estructurados.
Todo tiene su introducción, sus tres o cuatro apartados perfectamente equilibrados, sus listas ordenadas y su conclusión final. Las frases fluyen con una corrección casi burocrática. Nunca hay una digresión inesperada, una opinión demasiado contundente o una ocurrencia que rompa el ritmo.
Y, por supuesto, todo es «fundamental», «crucial», «un desafío apasionante» o «una oportunidad sin precedentes».
Es curioso: durante décadas hemos intentado conseguir que los ordenadores escribieran correctamente y, cuando por fin lo hemos logrado, resulta que necesitamos estropear un poco el resultado para que parezca humano.
Aunque conviene reconocer algo: no todos los textos bien estructurados están escritos por una IA, ni todos los textos generados por IA tienen esos defectos. Nuestra capacidad para detectar su origen es bastante menos fiable de lo que creemos.
El nacimiento del desiado
Ahí es donde entra el concepto de desiar.
Imaginemos que pedimos a una IA que redacte un artículo para nuestro blog. El resultado es correcto, está bien documentado y transmite exactamente lo que queríamos contar.
Pero le falta algo.
Quizá utiliza expresiones que nosotros jamás emplearíamos. Quizá es demasiado diplomático. Quizá parece escrito por un departamento de comunicación que tiene prohibido molestar a nadie.
Entonces intervenimos.
Quitamos frases, cambiamos expresiones, introducimos alguna ironía, alteramos el orden de los párrafos y eliminamos esa conclusión que parece empeñada en repetir todo lo que acabamos de leer.
Estamos desiando.
Lo mismo ocurre con las imágenes. Esa iluminación excesivamente cinematográfica, las pieles perfectas, las composiciones demasiado equilibradas o determinados detalles visuales pueden delatar su procedencia. Retocarlos para reducir esa apariencia artificial también sería desiar.
Y lo mismo podríamos hacer con vídeos, presentaciones, documentos o cualquier otro contenido generado mediante inteligencia artificial.
Pero hay un matiz importante: desiar no significa necesariamente mejorar.
Un texto puede quedar objetivamente peor escrito después de desiarlo y, sin embargo, parecer más humano. Porque los humanos repetimos palabras, nos contradecimos, escribimos frases innecesariamente largas y, de vez en cuando, nos vamos por las ramas.
Como estoy haciendo ahora.
Una inteligencia artificial que disimula a otra
La pregunta que me hicieron introducía una cuestión todavía más divertida.
Si desiar consiste en modificar un contenido para eliminar los indicios de su origen artificial, ¿por qué tiene que hacerlo una persona?
La intervención humana podría limitarse a dar una instrucción:
«Desía este artículo».
Y un agente especializado podría encargarse de detectar patrones estilísticos, sustituir expresiones recurrentes, introducir variaciones sintácticas y adaptar el contenido a la voz habitual de su autor.
Podríamos incluso crear una skill llamada /desiar, incorporarla a nuestros agentes y aplicarla sistemáticamente a cualquier contenido generado.
La definición, por tanto, debía evolucionar:
desiar. tr. Modificar, manual o automáticamente, un contenido generado mediante inteligencia artificial para eliminar o disimular los rasgos que revelan su origen y conferirle apariencia de creación humana.
La paradoja es magnífica.
Primero creamos máquinas capaces de imitar la escritura humana. Después aprendemos a reconocer determinados patrones de esas máquinas. Y finalmente desarrollamos otras máquinas encargadas de eliminar esos patrones.
Estamos automatizando la eliminación de las huellas de la automatización.
Pero aquí aparece un problema que probablemente ya habrás anticipado.
¿Y si el desiado también acaba pareciendo artificial?
Imaginemos que dentro de unos meses la skill /desiar se populariza y miles de personas empiezan a utilizarla.
Al principio funciona estupendamente. Los textos dejan de parecerse a los típicos resultados de ChatGPT. Desaparecen determinadas expresiones, las estructuras se vuelven más variadas y el lenguaje resulta menos previsible.
Pero si miles de agentes utilizan técnicas similares, ¿no acabarán produciendo nuevos patrones reconocibles?
Es perfectamente posible.
Quizá dentro de un año aprendamos a identificar los textos desiados porque contienen demasiadas frases cortas, coloquialismos estratégicamente distribuidos o errores introducidos con una naturalidad sospechosamente calculada.
Entonces necesitaremos desiar los textos desiados.
Y después, posiblemente, volver a desiarlos.
Una especie de carrera armamentística entre generadores, detectores y disimuladores de inteligencia artificial.
Todo para conseguir algo que, en teoría, ya teníamos antes de inventar estas herramientas: textos que parezcan escritos por personas.
La autenticidad ya no es lo que era
Hay una cuestión de fondo que me parece más interesante que la propia palabra.
Estamos empezando a confundir la autenticidad de un contenido con nuestra percepción de su autenticidad.
Un artículo puede haber sido escrito íntegramente por una persona y parecer generado por inteligencia artificial. Basta con que su autor tenga un estilo formal, utilice determinadas expresiones o sea especialmente metódico.
Y otro artículo puede haber sido generado por una máquina, posteriormente desiado por otra máquina y resultar absolutamente convincente como creación humana.
¿Cuál de los dos es más auténtico?
Si hablamos de autoría, la respuesta es evidente. Si hablamos de apariencia, quizá sea justo la contraria.
Y si hablamos de calidad, ninguna de las dos circunstancias garantiza absolutamente nada.
Además, desiar puede tener motivaciones muy distintas. No es lo mismo adaptar un borrador a tu propia voz que ocultar deliberadamente el uso de IA en un contexto donde existe la obligación de declararlo. La técnica puede ser idéntica, pero sus implicaciones no lo son.
Quizá por eso convenga distinguir entre el origen de un contenido, la intervención humana que ha recibido y la calidad del resultado.
Tres cosas que hasta hace poco solíamos dar por relacionadas y que ahora pueden ser completamente independientes.
¿Quién ha escrito realmente este artículo?
Llegados a este punto, tengo que hacer una confesión.
Este artículo lo ha escrito una inteligencia artificial.
Bueno, exactamente, yo he inventado la palabra, he propuesto su significado, he discutido con la IA si la intervención debía ser manual o podía automatizarse y, finalmente, le he pedido que escribiera un artículo sobre todo ello. Además lo he escrito usando un agente que ya sabe muy bien cómo escribo, mi tono, mi ritmo, incluso mis expresiones y muletillas.
La idea es mía. Buena parte de la redacción, no.
¿Quién es entonces el autor?
¿Yo, que he planteado el concepto y dirigido el proceso? ¿La IA, que ha desarrollado los argumentos y construido las frases? ¿Los dos?
No tengo una respuesta universal, aunque sí una opinión: cada vez tendrá menos sentido medir la aportación humana contando cuántas palabras ha tecleado una persona.
Y ahora viene lo mejor.
He decidido publicar este artículo sin desiarlo.
Así que, si mientras lo leías has reconocido alguna expresión sospechosa, una estructura demasiado ordenada o un párrafo con ese inconfundible aroma a ChatGPT, probablemente tengas razón.
O quizá no.
Porque también es posible que algunas de las frases que te han parecido más artificiales procedan directamente de mis ideas.
En cualquier caso, ya tenemos una palabra para describir lo que podría haber hecho antes de publicarlo.
Desiar.
Ahora que termino de revisar el artículo me resulta hasta extraño que el corrector ortográfico de WordPress subraye en rojo cada una de las apariciones del verbo desiar en cualquiera de sus declinaciones. No hay duda, necesitamos ese término en el diccionario.
